Duiyi y Geyi

En un agradable pueblo cerca de una laguna, lleno de habitantes alegres con una sonrisa que se contagia al mirarlos, vivían dos hermanos que se amaban inmensamente el uno al otro, algunas personas decían que no parecían hermanos pues eran demasiado diferentes.

Duiyi el hermano menor era moreno, además del amor por la música y el aprendizaje poseía el don de hacer felices a las personas, nadie por más triste que estuviera se resistía a sus palabras, como el mismo decía no era perfecto porque nadie lo es, aunque era inmensamente feliz anhelaba sanar de una enfermedad.

Su hermana Gelly coronada como la más hermosa del lugar tenía un carácter que solo su familia aguantaba, acostumbrada a vivir con lujos, actuaba irrespetuosa e irresponsablemente, no considerándose a sí misma una persona ética, pues actuaba así con todos menos con su precioso hermano quien gozaba de tocar la guitarra en la noche, lo cual hacia que su Gelly se tranquilizara.

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Duiyi veía a los muchachos jugar en el campo, corriendo tras un balón y dando patadas para anotar goles, preguntándose cuándo el sentiría la libertad de hacer lo mismo sin la necesidad de que fuera a escondidas para evitar los regaños de sus padres.

—Gelly un día tú me verás jugando en ese campo deportivo junto a la laguna —le prometió Duiyi a su hermana.—Supongo que no ha de ser bonito estar enfermo, yo con mis problemas ya siento que se me acaba el mundo. —Le respondió Gelly— Él le dejó en claro que no le gustaba su enfermedad, pero en el fondo sabía que si no fuera por la enfermedad pudo volverse alcohólico u otra cosa, pues ya le habían ofrecido de todo.

—A pesar de todo no me rindo, tengo la esperanza que sanaré si Dios quiere, no me voy a rendir así que Gelly tú tampoco te rindas lucha por lo que quieres y por ser feliz —siguió el alegre morenito.

Al ser hermanos ella siempre iba a contar con él, él tenía la intención de protegerla.

Gelly estaba muy agradecida con su hermano, quería que el cumpliera su mayor sueño, sanar de su enfermedad y poder jugar libremente en el campo.

Las palabras de Duiyi la hicieron pensar que si todas las personas tenían tan bonitos pensamientos valían la pena, sintió motivación para ayudar a todas las personas que pudiera, comenzando a notarse cambios en la actitud de la chica quien por primera vez escuchó atenta y respetuosamente lo que tenían que decir las personas a su alrededor.

La ahora radiante muchacha emanaba una amabilidad contagiosa a la que el pueblo respondió brindándole cariño.

Aprendió a desarrollar la ética del deber en base a las experiencias que adquirió con los demás, sin embargo, ella sentía que no podía ayudar a su hermano.

Hasta que, en un día soleado de verano, la tan anhelada oportunidad para que Duiyi sanara llegó; el doctor prometió que sería el primero en la lista de trasplante, con la condición de ser su hermana quien le regalara a Duiyi médula ósea.

Gelly gustosa aceptó para que su hermano pudiera cumplir su sueño de jugar en el campo.

Él se sintió esperanzado y asustado al mismo tiempo.

Ambos tuvieron una conversación antes de dar una respuesta al doctor —Gelly, es tu cuerpo, si tu no quieres yo lo respeto, no te voy a obligar hacer algo que no quieres, tienes el derecho a decir que no, pues es tu salud y no voy a ser egoísta.

Duiyi necesitaba urgentemente el trasplante y aun así dudaba pues no quería arriesgar a su valiosa hermanita.

A veces nos angustiamos mucho ante una enfermedad, pero es necesario tenerla para darnos cuenta que las cosas pasan por una buena razón.

A veces nos vemos obligados a tomar decisiones difíciles y al no ser perfectos no podemos predecir cuál es un actuar bien o mal.

Por suerte existe la ética, un saber teórico que podemos lograr aplicando la moral como práctica, reflexionando sobre nosotros mismos y encontrando valores para guiarnos hacia un buen camino a seguir en nuestra vida, lo cual nos ayuda en la toma de decisiones.

—Vamos a proceder lo más pronto posible —mencionó el doctor—. Hoy mismo te realizarán los estudios de compatibilidad para comprobar que seas una candidata ideal.—Me parece bien —respondió Gelly—. Segura de su decisión le dijo a Duiyi que lo haría y que no tenía miedo.

Gelly siempre soñó con ayudarlo en agradecimiento a todos los valores y principios que él le enseñó, esa era la oportunidad.

Algunas de las personas del pueblo cuando Duiyi temeroso les comentó sobre el trasplante opinaron que era la decisión correcta para que Duiyi sanara, por lo tanto apoyaron a los hermanos, mandándoles ánimos cuando ya los dos estaban en el hospital preparándose para el procedimiento.

Su cooperación implicó responsabilidad colectiva y tolerancia pues sí dio frutos.

Gelly se sentía feliz de ser aceptada como donadora sana, caminaba animosa por el hospital imaginando a Duiyi poder correr sin restricciones, cumpliendo su sueño.

El coraje y la responsabilidad juntas nunca harán un mal dueto, era algo que Gelly debía tener en mente pues se estaba jugando su salud.

El mismo día que le quitaron médula a Gelly se la trasplantaron a Duiyi, horas después él mostró mejoría y al día siguiente —Se ha curado, solo es necesario tenerlo en observación un poco más y pueden ir a casa —anunció satisfactoriamente el doctor.

Duiyi incluso pensó que iba a extrañar el hospital pues se convirtió en su segundo hogar, le dio las gracias al doctor y se despidió de algunos niños a quienes les tomó cariño.

Al llegar al pueblo se encontraron con una cuadra entera llena de sillas para recibirlos —¡Bienvenidos! —gritaron alegres sus amigos del pueblo. A Gelly solo se le debía quitar el catéter mediante el que donó médula, e ir de vez en cuando a revisión médica, y Duiyi había vencido su enfermedad gracias a la ayuda de su Gelly.—¿Hermanita te dolió? —Preguntó Duiyi— No, tú me diste lo más valioso que tengo que es mi forma de ser.

Él la abrazó y ella le dio las gracias a él por existir.

Nunca debemos olvidarnos de todos los valores éticos, morales y espirituales pues nos pueden salvar de muchas situaciones.

Artículo escrito por Mari Vasquez