El que siempre está para ti

Sale a tu encuentro cuando te ve y te mira con ojos tiernos llenos de brillo porque siente cuando estás mal. Aunque nadie más lo note, es como si se diera cuenta que no estás bien por esa arruga que se le hace en la frente.

Entonces te abraza y permanece a tu lado sin decir palabras, dándote tiempo de superar eso que te tiene tan pensativo.

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A veces, también no te deja en paz y se te restriega para jugar, o para que lo acompañes a comer.

El es más que una mascota que siempre estará ahí para ti, así sea sólo porque está amarrado y no puede irse, te conoce de varios años y eres su familia.

Fue un cachorro cuando fuiste niño y ahora que creciste es más que un adulto. Tu familia y amigos se sorprenden cuando les dices que ha estado contigo desde cuarto de primaria, pero no tanto porque le ven pelo blanco.

Todos los días al salir y llegar a casa es al primero que ves. Cuando te ibas de viaje te preocupabas por encontrar alguien que alguien le diera de comer, y cuando llegabas te decían que no había querido comer.

Aunque nunca conversaron con palabras, su amor es tan grande que llora cuando te ve marchar, cuando te vas por un día y cuando ya no puedes regresar.

Nunca sabremos si entendió o te miró cuando tu primo lo cargó acercándolo al ataúd. Al sonar las campanadas para la misa lloró y nadie pudo preguntarle por qué o consolarlo.

Una vez el veterinario dijo que no lo podía dejar solo porque saltaba de la mesa y se ahorcaba. Ahora sigue en cuatro patas día a día. No aguanta dar tres vueltas al campo deportivo pues se cansa antes de llegar, pero sonríe cuando le hacen compañía.

Y cuando los dueños con los que lo encargaste lo meten a casa, el se sienta debajo de una foto tuya, pero no la mira demasiado, como si supiera que no eres tú.

Artículo escrito por Mari Vasquez